Por Alejandra Losada
Recuerdo cuando venía a la isla como turista a principios de los noventa, era una citadina en busca de algo diferente. No tenía casi contacto con la naturaleza, más que el de haberme criado en un lugar con espacio verde e ir a tomar mate a un gran parque de la ciudad. Lo que brindaba el Delta en aquella época era NADA, solo la posibilidad de alquilar la casita de algún isleño de tradición. No había luz, por lo tanto no contábamos con ventiladores o aire acondicionado. Tampoco con electrodomésticos, estufas eléctricas, celulares, computadoras, Wi Fi y el equipito de música andaba a pilas. Evitábamos, rebobinar el cassette porque éstas se gastaban rápidamente. Del barrio de “turistas” mi casa era la única en la que había una heladera a gas que era la enfriadora oficial de todo el lugar, ya que todos dejaban las cosas para conservar o para que simplemente se mantuvieran “al clima”. Tener una cerveza fría era tocar el cielo con las manos. Los tules de colores sugestivos adornaban las camas. Esperábamos poder descansar con la brisa y el fresco nocturno y mañanero propio de la isla. Los inviernos pasaban con la compañía de una fogata, un buen tinto, guitarra y amigos...la lectura, la pintura, el descanso y la contemplación del río yerbeando con una amiga o un vecino. Todo esto hacía que el fin de semana se tornara perfecto.
¿Aventureros, locos…? No, era simplemente el deseo de querer transformar, tal vez, algo de nuestras vidas. La idea de explorar el lugar, de ir aquerenciándose, de aprender de sus costumbres, de observar, de escuchar, de ser respetuoso y de compartir eran los puntos esenciales para conectarse con la “Gran Madre”. Comencé a entender y comprender que la isla me estaba dando TODO. Todo lo que yo estaba necesitando para conocer y disfrutar sin dañar. Este sitio fue tan generoso que tiempo después me abrió las puertas para quedarme como si sintiera que era mi lugar en el mundo, ofreciéndome con sencillez todo lo que necesitaba.

Desde hace algunos años he notado que Tigre y el Delta (que son cosas diferentes) sufrieron una transformación turística, con pretensiones de convertirse en el Miami argentino. Lugar ideal para vivir, vacacionar o hacerse una escapadita de fin de semana. Lamentablemente lo que se ofrece nada tiene que ver con el Delta, o sea, con las características propias del lugar, convirtiéndolo en un falso paraíso que no existe naturalmente. Proyectos peligrosos, destructivos y superficiales, desde los movimientos de tierra hasta la lenta desaparición de su forma de vida que hace a la cultura lugareña. Las ofertas turísticas son muchas, variadas y depredadoras, a veces, cómplices de este cambio que poco tiene que ver con el cuidado del medio ambiente pero si con el verde de los billetes. Se trata de construcciones con endicamientos altísimos, lagunas artificiales, desvíos de cauces de los ríos, exceso de edificaciones (cabañas, complejos, casas) en terrenos pequeños, uso irresponsable e indebido de la energía eléctrica (aires acondicionados, estufas, reflectores, etc.). El arroyo o el río ya no es el lugar para nadar, bañarse o refrescarse, ahora hay que ofrecer playa y piscina con aguas claras purificadas al igual que en las duchas y en los baños. Parece ser que el barro y el color del agua ya no es propio de nuestro lugar…¿perdón hay jacuzzi?, pregunta el “turista”, inducido por la bajada de línea institucional.
En cuanto a los microemprendimientos, muchos también responden a un plan ridículo y ficticio a la hora de ofrecer el lugar. Hablan de: “contacto con la naturaleza” y de un “edén ideal para el descanso y la tranquilidad, en absoluta armonía”, cuando en verdad lo que “venden” son casas amontonadas, sin intimidad, contaminación sonora, perreríos en busca de asados y nadando atrás de las piraguas, gente pescando sin saber por qué, tirando alguna que otra basura al río, como el envase de la gaseosa que acaban de consumir o el paquete de cigarrillos vacío. Los usuarios utilizan parques y muelles vecinos propiedad de otra gente con tradición en la isla. También proponen una gran variedad de “actividades armadas” para que el visitante no se aburra, no piense ni transite el contacto verdadero con el lugar. Al final hay tantas cosas ofrecidas que ni el lugareño, si es tomado como referente y creador de esta forma de vida, sabe de qué se tratan. Pareciera que todo gira en torno de la propia conveniencia sin tener en cuenta el medio ambiente, el comercio justo y el respeto por lo socio cultural.
Falta destacar el tema de la navegación que, sobre todo por estos días, es violenta e invasiva. Tanto las grandes empresas como las lanchas de turistas parecen haberse olvidado de las responsabilidades de una navegación respetuosa. El único objetivo parece ser el de llegar más rápido a su efímero destino. Para el isleño es imposible movilizarse durante los fines de semana, más aún cuando debemos transitar por ríos como el Sarmiento, Carapachay, Capitán o Abra Vieja, muchas veces huyendo de la Prefectura por no tener la documentación original en regla. Los lugareños quieren volver a recuperar sus ríos, recorrerlos con tranquilidad como es su costumbre y no esperar al día domingo por la nochecita para que eso suceda. No sirve resignarse y esperar a que el fin de semana pase para poder recobrar la tranquilidad. Hay que preservar lo que tenemos y esto implica UN CAMBIO DE MENTALIDAD.
El turismo SUSTENTABLE, RESPONSABLE O SOSTENIBLE se basa en que las comunidades y los paisajes no sean simplemente objetos de consumo, sino instancias de intercambio. Este tipo de turismo es de bajo impacto, a pequeña escala, protegiendo los recursos naturales, la diversidad biológica e incluyendo el aspecto socio cultural, las costumbres y formas de vida. Conocer, aprender, más que consumir, desechar y olvidar. Se trata de una actividad comercialmente viable que trae beneficios para la comunidad en donde se inserta, procurando que sus réditos no queden solo en una sola persona, sino que se expandan hacia todos los sectores involucrados.
Un turista responsable contrata a operadores responsables, muchas veces isleños que intentan desarrollar esta “novedad” y que no necesariamente están “habilitados” ni son fomentados. Se fija que el lugar en donde se hospeda sea consciente del cuidado energético, del uso del agua, de la calefacción o del tratamiento de los residuos y observa que la relación comercial con las comunidades locales sea justa. También es aquel que busca conocer y adaptarse a la sociedad o al lugar visitado, conociendo sus códigos y sus normas para NO INVADIR NI INTERFERIR con su desarrollo y poder intercambiar experiencias desde el respeto y la comprensión. En el “arte de viajar”, el nuevo viajero (no turista) trata de ir abierto, respetuoso y permeable a lo diferente. Y de todo esto hay muy poco. Comencemos a trabajar en serio.
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